Viernes , 19 Julio 2019
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A diario superan ese sentimiento de que no son tan buenas madres

No se conocen. Lucía Calva vive en La Roldós; Viviana Urbano, en Conocoto; y María Isabel González, por La Carolina. Sus ocupaciones son diversas, como sus edades. Las tres tienen hijos y comparten la emoción de cuidarlos. Pero también un sentimiento de culpa: a veces sienten que les fallan y que son malas madres.

María Isabel es gerenta de Recursos Humanos en Laboratorios Bagó y tiene a su cargo 260 personas en todo el país. El anhelo de ser mamá estuvo latente en su vida, pero primero buscó crecer en lo profesional. Su hija Isabella tiene 8.

Para no descuidar sus facetas de madre y profesional cuenta con cada miembro de la familia. Su esposo, su madre y también Yolanda -la señora que cuida a su hija- son los pilares para lograr un equilibrio en ambos aspectos de su vida.

Esta mujer busca la forma de estar presente en el día a día de su hija. Y también de enseñarle que una mujer puede hacer lo que se proponga. Hay días -relata- en los que “mami no alcanza a ir a los eventos”. Así que le explica a Isabella que no puede dejar el trabajo. Pero trata de enviar un reemplazo, como la abuelita o el papá, “para que no sienta un vacío”.

Para Lucía, este Día de la Madre llega en medio de una situación compleja. El 23 de abril nació su segundo hijo, Josué Alejandro, a las 38 semanas, con glucosa baja y dificultades para succionar la leche de sus senos, por lo que desde entonces pasa en una termocuna en el área de Neonatología del Hospital Carlos Andrade Marín, del Seguro Social. Y eso ha implicado que casi no vea a Juan Carlos, de 16.

“Mi hijo Juan Carlos a veces me reclama por no ir a su colegio. Pero no siempre consigo reemplazo en el trabajo”, dice Lucía Calva, madre de dos hijos. Foto: Patricio Terán/ EL COMERCIO.

Recuerda que primero se sintió culpable por la reacción que pudiera tener Juan Carlos. “Ha sido el ‘rey’, el hijo único y de pronto le damos un hermano y no sé si lo comprendió”. Y luego, la salud de Josué ha hecho que ella se concentre en él.

La mujer pasa en el hospital de 08:30 a 19:00, en una sala para madres que enfrentan la misma situación. En cuatro momentos de la jornada, de una hora cada día, comparte con su bebé, de 09:00 a 10:00; de 12:00 a 13:00; de 15:00 a 16:00 y de 18:00 a 19:00. El resto del tiempo debe alimentarse y extraerse leche, para que las enfermeras lo alimenten cuando ella no está, en las noches.

Pero no es solo ahora que sufre por no poder dar más tiempo a Juan Carlos. Cuando hay programas en el colegio a los que no puede asistir se siente irresponsable, impotente y que falla como mamá. Muchas veces llora, su esposo la consuela. Muchos hombres -dice- sí entienden ese sentimiento.

“En los trabajos no siempre comprenden que así como una da todo allá, necesita, a veces, no es de todos los días, un permiso para ir a la escuela”.
Lucía es cajera en un minimarket. Trabaja en turnos rotativos, de 06:00 a 14:00, de 14:00 a 22:00 y de 22:00 a 06:00.

“La sociedad confabula para que las madres nos sintamos culpables”, apunta Silvia Buendía, abogada y activista feminista. Y detalla: las citas de los profesores vienen dirigidas a la madre; cuando vas a una entrevista de trabajo te preguntan si piensas tener hijos y eso no les pasa a los hombres;
ningún papá comenta ‘menos mal que mi esposa me ayuda en la crianza’, pues se cree que eso le toca a la mujer.

Viviana Urbano se pregunta todos los días si lo que hace está bien, “ porque sé que mis hijas me necesitan”, comenta. Sus ojos se llenan de lágrimas pero ella intenta controlarse. Luego cuenta que la situación económica actual es complicada. “Todo es por ellas”.

"Algunos días me pregunto si estaré haciendo bien, sé que mis hijas me necesitan. Pero debo trabajar”, dice Viviana Urbano, mamá de dos niñas. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO.

“Algunos días me pregunto si estaré haciendo bien, sé que mis hijas me necesitan. Pero debo trabajar”, dice Viviana Urbano, mamá de dos niñas. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO.

El jueves, a las 20:00, abre la puerta del departamento familiar en Conocoto. Mía, de 5 años, observa desde el comedor. Emilia, de 3, corre hacia la entrada para abrazarla. Llega temprano, en relación con otros días. Luego de muchos años de trabajo, la mujer alcanzó un cargo ejecutivo en una reconocida empresa. Por eso, desde hace dos, sus horarios no le permiten acostar a su hija Mía todos los días.

La niña madruga para ir a la escuela y debe dormir máximo a las 20:00. Pero la pequeña Emilia espera a mamá para que le lea un cuento. “Ella es mi chiquita, la que más me extraña”, cuenta Viviana, mientras la toma entre sus brazos.

Al llegar, lo primero que esta madre trabajadora hace es revisar la tarea de Mía. Algunos días, como el jueves, la llegada de mamá anima a la niña a terminar algunos detalles.

Luego viene la merienda. Viviana les sirve la sopa y se sienta a comer con ellas. Les pregunta cómo estuvo su día, entre sonrisas y cariños. Pero no hay mucho tiempo para esto, porque es tarde. Entonces, la madre de familia les pone la pijama. Y a la cama.

La mayoría de madres destina gran parte de su jornada diaria al cuidado de sus hijos y a su trabajo. Y emocionalmente viven con un sentimiento de culpa, cansancio físico y mental, dice Silvia Tapia, psicóloga del Centro Terapéutico Crecemos y catedrática; está por traer al mundo a su primer hijo. Su Adriana tiene casi 6 años.

“Las madres sentimos frustración y angustia porque incluso cuando decidimos darnos un tiempo para nosotras, para compartir con amigas, la sociedad nos critica, nos hace sentir que abandonamos a los hijos”, dice Tapia.

María Isabel, la mamá de Isabella, trata de organizarse. Se levanta a las 04:30 para hacer deporte; luego retorna a casa para encargarse de su hija y alistarla para que vaya al colegio. “Los tiempos son ajustados y necesitamos estar todos sincronizados”.

En las noches, la dinámica es igual. Ayudarla en las tareas o contarle el cuento están en la lista de actividades. Lo disfruta porque es el tiempo con su pequeña de 8 años, un momento de complicidad y alegría.

En el caso de Viviana, cada 15 días tiene un fin de semana libre. Esos días procura darles a sus hijas “tiempo de calidad”. Lo primero es “cero celulares”, cuenta. Con eso puede acostarse con ellas a ver películas, dibujar o irse de paseo.

Además del poco tiempo que tiene como madre, Viviana se cuestiona el que la suya no descanse por cuidar a sus nietas. Sin embargo, sabe que el gran impulso es el amor.

En ocasiones, Viviana siente que paga un precio por su éxito profesional: no poder entregar a sus hijas el 100% de su tiempo. La más grande siempre le cuestiona. “¿Por qué llegas tarde mami? Ella les explica lo que hace y también que con sus ingresos pueden pasear por el mundo, disfrutar más.

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